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viernes, octubre 13

...

A veces se voltea a la ventana y se busca cualquier cosa. Afuera llueve y por esa ventana encuentras entre la brisa de la lluvia un fresco, entre las nubes negras eso que se aqueja y no se distingue más que en el arrebato de la noche, ver en esa ventana el mundo que se asoma en diminutas porciones.

La muerte lleva un sin fin de adjetivos y a veces ningún dolor.

Recuerdo la caída, el rostro se impacto contra el piso, sólo un crujir, ruido morboso que llamó mi atención, aún ahora suena a música, una música aciaga, que de forma brutal escucho repetidamente.

Después de esto pensé en la calle, en los lugares que frecuentaba, Coutelle, nunca hablaba de sí, se mantenía reservado, reconocí no saber nada de él, más que verlo por las oficinas, y su caminar pausado. Los pasajes difieren en mi memoria el tono de su voz se confunde, es cualquiera, Coutelle parecía no haber existido nunca, así me lo hace saber el mundo.

El ruido del revolver fue trivial, la sangre llegaba ya frente a mí, no quería tocarla, sentía podía contagiarme, no se de que mal, leptospira sería lo más cercano a él. Coutelle Roche Norvergicus. El cabello gris estaba alborotado, los ojos eran opacos, profundos y cetrinos, las ropas desgarradas, la gente que cruzaba la calle pretendía no ver el espectáculo, estaba muerto y nadie me culpo y yo lo olvide, hasta ahora que me pregunte por él, recuerdo haber disparado. Pero el hecho fue tan mísero que a nadie le importo, ni siquiera a mi que fui su asesino.

Salgo y camino, las calles son desoladas, lúgubres, un resquemor siento al ver a la gente, he tomado un poco, sólo algunas botellas, camino un poco mal, me duele la cabeza deseo no pensar, y olvidarme de mí, de todo, de llegar a un lugar, de escuchar estas voces como un terrible ruido que golpean. Ahora siento un vacío, Coutelle amigo no fuiste tu, fue el olvido lo que me lleva a sentirme así. Ha pasado tiempo, tres años y hasta ahora te veo y pienso en lo qué pudo ocurrirte que te llevo a padecer tan terrible mal, Coutelle. Nunca debí escribir estas líneas.

hache

martes, septiembre 26

...

Desperté trémulo, el sudor recorría la frente, miré al techo, lo miraba caerse sobre mi, imbatible. Decidí levantarme, sentía la boca amarga y los labios resecos. Un poco de agua sobre el rostro me ayudarían a despertar. Me apoye sobre la cama, no recordaba parte del sueño, ni de la posibilidad de haberme dormido, sólo estar en la
habitación...

La palabra a veces es escoria, mancha los dientes de quien pronuncia su nombre. No suelo mencionarlo, no quiero mancharme.

Estoy rondando con gran certeza su nombre, y ello me recuerda el odio, la simpleza, la vileza. No era quien para juzgarlo, ahora siento que sus palabras entraran martilleando parte de mi cabeza, alucino encontrándolo en algunas calles, puedo decir que me siento perseguido, que su voz temblorosa suele llamarme, que la mirada callada me reclama con su propio miedo.

Lo enfrento, combato con él, le derribo una vez, siento como se resiste y como se esfuerza por golpearme, busca el rostro y el puño se ciñe contra mi. Me ayudo, me propongo soñarlo. Dentro del sueño su rostro juega conmigo, se presenta como el de un sujeto viejo, barbado, con las manos ensangrentadas, se transfigura, lo veo joven delgado, con una minuciosa marca en el lado derecho del rostro, un severo tajo, así suele esconderse o revelarse, en el sueño... después lo veo agotado, extenuado... casi al borde la locura, de la rabia.

Qué buscaba, me lo pregunto. Le seguiría por las mismas calles le reconstruiría las noches, la primera, el pasado que fue y será dentro de todas las noches. Caminar como si eso pudiera borrarlo, como si mis pasos fueran sobre el desierto, el olvido.

hache